la encuentra es santiguarse y echarla de nuevo al correo para que prosiga su eterno peregrinaje postal.
También conocí la leyenda, mucho más simpática, del Farol de Simón Chupatintos. Cuentan que en la época más aristocrática de la ciudad vivió un borrachín alegre y despreocupado, cuya mayor felicidad era celebrar el fin de año bebiendo vino junto a un farol del alumbrado público. Todas las nocheviejas repetía su ritual, siempre a la luz del mismo farol; y cuando algún reloj daba las doce, apuraba la botella de otros tantos tragos. La edad no le hizo desistir de su rito, y el último año de su vida, ya muy achacoso, insistió en él. Una llamarada súbita escapó del farol a cada trago, y con la última voló el alma del bebedor. Desde entonces y durante las campanadas de Nochevieja, un antiguo farol de gas se hace visible en lo que fue su emplazamiento, proyecta una docena de fogonazos y desaparece absorbido por la nada o la leyenda. Desafortunadamente el único testigo que entrevisté compartía con el personaje de la historia su afición etílica, de manera que su testimonio es cuando menos dudoso.
Pero el cuento que más me cautivó fue el de la Croqueta Mística, todo un ejemplo de mestizaje narrativo. Su núcleo argumental es bien sencillo. Entre todas las croquetas que se sirven a diario en domicilios y hostelería, de vez en cuando hay una que adopta un talante insólito: rodeada de un halo luminoso, levita y origina una pequeña amnesia en los presentes. Parece ser que durante esa lagunilla de tiempo suele suceder algo: se arregla una avería, alguien se cura, aparece un objeto perdido, queda solucionada una disputa... y la croqueta se esfuma. Algún iluso ha querido ver en tan caprichoso comestible una añagaza de alienígenas abductores, pero en verdad el prodigio se remonta a un hecho dramático. Según los rumores, todo empezó cuando el joven camarero de un bar de carretera cayó fulminado por un brusco dolor en el pecho. El infortunio tenía su lado irónico: un instante atrás había salido de allí un médico, cuyo coche se alejaba en aquel momento. Al quedar inerte el empleado, una croqueta se elevó desde su bandeja y se paró en el aire, orlada por una luz pulsante. Al rato, el mozo se hallaba sano y en pie y el entremés portentoso había desaparecido, pero nadie recordaba


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