LA CROQUETA MÍSTICA







A diferencia de otras personas no lamento haber cursado una carrera de humanidades. Supongo que esto se debe en parte a que logrado reconvertirme laboralmente; ahora soy un tardío auxiliar administrativo, lo bastante afortunado para desempeñar en una empresa tan humilde y codiciado puesto (ya veremos por cuánto tiempo). No obstante, echo en falta esas disciplinas románticas que son los estudios humanísticos. La contabilidad carece de atractivo para quien ha soñado desde la infancia con huir de los números, y la ofimática es aburrida; en cuanto a los idiomas, limitarlos a sus jergas comerciales supone una mutilación grotesca. Pero claro, de algo hay que vivir.
Existe sin embargo un dato mucho más decisivo para que asuma mi bagaje universitario, y no ya con asentimiento mediocre sino con orgullo satisfecho. Esta segunda razón es que a los pocos años de abandonar mi proyecto de tesis doctoral, el objeto del mismo me ha salido al encuentro del modo más personal que pueda imaginarse.
Mi futura tesis iba a versar sobre la nueva mitología del folklore moderno, un asunto que ya me apasionaba mucho antes de leer a Frazier, Mircea Eliade, Jung y demás comparsa erudita. Ese interés por las historias extrañas me llevó a diseñar mi doctorado como un itinerario por las neoleyendas acuñadas en nuestro siglo; ello requería una labor investigadora que no tardó en fructificar. Supe así de la Carta de Saturnino, una misiva maldita que circula de continuo por las líneas postales. Se dice que es un sobre viejísimo y amarillento cuyo destinatario y remitente murieron de un modo muy desagradable. Su escritura externa está casi borrada, y sólo es legible el patronímico que le da nombre. Se ignora su contenido, pero se cree que quien lo desvele será víctima de una desgracia. Lo único que uno puede hacer si se


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