preguntarme porqué coinciden todas a la misma hora- ocupaba buena parte de los asientos de espera. Sin embargo tuve suerte, y la jefa del establecimiento me asignó de inmediato a una aprendiza, destacada entre sus compañeras por su indudable origen asiático.
-Mi Liang, atiende a este chico -le encomendó.
Ella asintió con levedad, y tras un escueto "ahora cabeza le lavo" fuimos a uno de los puntos destinados a dicho preliminar.
Recosté la cabeza y emití un bostezo involuntario, ignorado por la alumna. Unos segundos después sentí el agua templada, y sus dedos iniciaron un curioso masaje que me resulta difícil de describir, una indefinible alternancia de presiones y roces efectuada con una rapidez y destreza sorprendentes. Como digo, no sé explicarlo.
Sin apenas percatarme de ello, me vi inmerso de súbito en una peculiar ensoñación, que en aquel momento parecía abrumadoramente real. Ya no estaba en la academia de peluquería sino en un lugar ajeno y desconocido, algo como el interior de una caverna o de un antiguo templo de piedra blanca y reluciente, mármol quizá. Recuerdo muy bien un aljibe rectangular con agua verde; no el verdor del estancamiento, un verde como de esmeralda líquida.
Inesperadamente sonó un tintineo en alguna parte, y la curiosidad me impelió a internarme por un profundo corredor desde cuyo fondo -una especie de telón anaranjado con arabescos amarillos- procedía el sonido. El reclamo acústico siguió tirando de mí hasta que me hallé ante el pesado lienzo naranja. De su derecha colgaba un cordel negro, y a la izquierda ardía una vela azul sustentada por un soporte rojizo.
Examiné el cordón y descubrí que se asemejaba más a una mecha que a una soga; y en un brote de osadía repentina separé el cirio de su soporte y arrimé su llama a la cuerda sospechosa, que se convirtió en una espectacular liana ígnea.
Me alejé instintivamente unos pasos, pero todo sucedió muy deprisa. La mecha se quemó en un instante, y a continuación lo hizo el monumental paño, que se consumió sin llama en unos segundos. No se formaron cenizas o humo, sólo quedó al descubierto una pared tan blanca como el resto del edificio o lo que fuese aquel espacio. Y en mitad del muro se abría un


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