que estaba próximo uno de los momentos más memorables de la historia: aquel en el que durante una juerga en un bar -vagamente parecido al de mi desafortunado condumio-, las azafatas interpretan una picantilla actuación, festoneada por la voz en off de Raffaella Carrà cantando Fiesta. Un crítico muy conocido tildó en su día esa secuencia de "bochornoso numerito de Ingrid Rubio". Discrepo rotundamente de tal opinión: yo la considero toda una delicia. Pero claro, es que Ingrid es en sí misma una delicia. Y como no hay que desaprovechar las delicias, me levanté sin pensarlo con un escueto "voy a tomar algo en la barra", en tanto el sabihondo glosaba sus peripecias neoyorquinas, la payasa llorona lo silenciaba con uno de sus accesos de risa neurótica y un nuevo regüeldo juvenil rivalizaba en sonoridad con él.
Esta última impertinencia fisiológica se produjo casi a mi altura, lo que suscitó una sarcástica disculpa de su autor. Pero mi atención estaba volcada en la pantalla y sólo la desvié, ya en la barra, para echar un rápido vistazo a la oferta de coctelería, un servicio confinado precisamente en el extremo del mostrador dominado por el aparato que emitía los planos inmediatos a la escena del bailoteo.
Uno de los camareros acudió con disposición gentil.
-¿Qué te pongo?
-Pues... -Aceleré mi examen de la carta coctelera-. Tenéis mucho para elegir, la verdad...
-Sí, menos Molotovs tenemos de casi todo -sonrió-. Bueno, te dejo seleccionar tranquilo y luego me dices lo que sea.
-De acuerdo -asentí.
En aquel instante miré al monitor y al cartel con la lista de cócteles, y descubrí dos imágenes que se llamaron entre sí; o si se prefiere, que yo interconecté en el acto a través de un nexo monocromático: el azul. Arriba, y enmarcada por los límites de la pantalla, Ingrid vestida con el uniforme azul de azafata; y más abajo y a la derecha, en mitad del listado, el nombre de un cóctel clásico: Blue Moon, esa suma de dos tercios de ginebra inglesa y un tercio de Curaçao azul adornada con una fina espiral de limón, y que en la imaginería espirituosa es el trago por excelencia de la nostalgia romantica.


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