de lo que sea se llevan el oro, que encima pesa más, y los segundones la plata.
Al principio confié en que mi humilde condición de empleado discontinuo -hay que ver los engendros semánticos que perpetra el neoliberalismo- me libraría de su verborrea directa. Por desgracia, no evitó que durante unos interminables minutos centrase su atención en mí, permitiéndose incluso la descortesía de criticar con educada vileza mi situación laboral. Estuve a punto de rebautizarlo con la salsa de champiñones de un plato próximo, pero entonces un comensal dijo algo acerca de un viaje a Estados Unidos; con el pretexto de ser un entendido en geografía norteamericana, el pelmazo desvió su cháchara hacia el nuevo tema y me olvidó por completo. El resto de los presentes tampoco me dedicó apenas interés alguno, enfrascados como estaban en un encendido intercambio de opiniones sobre hipotecas, gimnasios, rabietas de sus niños y otros asuntos ajenos a mis circunstancias personales y de los que poco o nada podía yo decir.
Por si todo esto no bastaba, una de las mujeres situadas frente a mí sufría una continua propensión a la risa histérica que martirizaba mi paciencia. Cualquier comentario inducía en ella una hilaridad escandalosa que paralizaba y enrojecía su expresión, al tiempo que se le saltaban las lágrimas y una estridencia aguda taladraba los oídos cercanos, en especial los míos. El contrapunto grave al chillido-risa lo aportaba una cuadrilla de chavales dispuesta alrededor de una mesa cercana; entregados a un voceo casi constante, sólo interrumpían sus berridos cavernícolas para sustituirlos por unos eructos atroces que se elevaban sobre la algarabía del lugar, como si intentasen transferir a la ya cargada atmósfera del mismo los efluvios de la pitanza recién deglutida.
Mientras alguien encargaba los cafés y unos cuantos cigarros emprendían un incómodo ahumado de mis alrededores, vi al barman coger un mando a distancia y apuntarlo a la televisión. Dicho acto se tradujo en el reemplazo de un insonorizado debate entre varios periodistas por las escenas de una película que identifiqué inmediatamente como Todas las azafatas van al cielo, dirigida en el año dos mil dos por Daniel Burman y protagonizada por Alfredo Casero e Ingrid Rubio, mi actriz favorita. Por lo que se sucedía en la pantalla calculé


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