que me sería más grato saborear unos enigmas inmunes a la ciencia que las idas y venidas de una mujer a la par hermosa e inaccesible que además dejó el barrio, aunque lo visitaba mucho.
La disolución de su encanto iba a serme, presumí, lenta y laboriosa como la digestión de una anaconda recién empachada; y para aliviar el penoso trance, retomé mi interés por el caso ufológico que más me había cautivado: el famoso aterrizaje de Valensole, acaecido el uno de julio de mil novecientos sesenta y cinco. Siempre me había fascinado aquella historia, sobre todo el relato que de ella se hace en Pasaporte a Magonia, la ya clásica obra de Jacques Vallée, y que luego completé con versiones algo más detalladas y casi coincidentes. Incontables veces reconstruí en mi mente el singular episodio. Hacia las seis menos cuarto de la madrugada, el agricultor Maurice Masse detuvo el tractor con el que había estado trabajando desde las cinco en un pequeño viñedo -contiguo a su plantación de lavanda- para fumar un pitillo. Parado el vehículo junto a un montículo de piedras, se dispuso a gozar del tabaco.
De repente, lo alertó un extraño sonido proviniente del otro lado de la modesta elevación pétrea. Al acudir allí, en vez del helicóptero militar que aventuró como responsable del zumbido, descubrió un rarísimo artilugio no mayor que un coche y en forma de melón, rematado por una cúpula circular transparente, y apoyado sobre el suelo mediante seis finos vástagos y un pivote central. Pero la presencia más notable era la de dos criaturas humanoides que, en las inmediaciones del aparato, examinaban una mata de espliego. Vestían algo así como un mono gris verdoso, su talla no superaba la de un niño de ocho años, y sus calvas cabezas contrastaban en volumen respecto a sus cuerpos infantiles. Los ojos eran normales, la boca una fina ranura sin labios, y las manos, pequeñas y humanas. En cambio, según Vallée, sus orejas triplicaban el tamaño de las nuestras.
Al acercarse el testigo, uno de los supuestos pilotos sacó de un recipiente o estuche fijado a su cinturón una especie de tubito y le apuntó con él. La consecuencia fue la total inmovilidad del labrador, mientras ellos parecían charlar en una jerigonza incomprensible. Al cabo de un minuto los dos subieron al artefacto, cuya portezuela se cerró con el mismo ruido que un archivador de madera. La máquina despegó oblicuamente, se mantuvo quieta unos segundos


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