Hasta no hacía mucho yo hubiese hecho lo que fuere para soñar con X, pero desde fecha reciente me había propuesto olvidarla. No voy a extenderme sobre este punto, pues todo o casi todo el mundo tiene o ha tenido alguna vez un amor imposible. Había largos períodos en los que dejaba de verla -de encontrármela, para ser exactos-; y cuando la racha de ausencia se quebraba un día cualquiera, siempre me dedicaba ya desde lejos una sonrisa que me transportaba al mejor de los mundos posibles, de cuya localización sólo puedo asegurar que no es la del mío habitual. Nunca crucé con ella más de algunas palabras ocasionales, y con los años nuestros caminos agudizaron sus divergencias. Ella se convirtió en una mujer excepcionalmente guapa sin compañía masculina visible, pero con descendencia, piso propio y un puesto de responsabilidad en una empresa moderna, y yo en un solitario empedernido sin oficio ni beneficio.
No obstante, y a pesar del imparable fluir del tiempo, yo seguía colado por ella, tanto que una tarde veraniega y en un arrebato de entusiasmo, le entregué frente a la antigua tabacalera, cuyo reloj marcaba las seis menos veinte, un cuento dedicado, escrito para dicho fin desde hacía algún tiempo. Cuando ella lo aceptó con una voz y un semblante que me parecieron la quintaesencia de la belleza, creí culminar un hito biográfico. Ni el calor de la tarde temprana, ni un conato de bronca que surgió en la acera opuesta entre un ciclista infantil y un jubilado me distrajeron lo más mínimo mientras estuve junto a ella; como tampoco me afectó el cuchicheo previo de unos operarios ocupados en desescombrar un local -comentarios admirativos no muy galantes, supuse- ni luego la reacción que suscitó en la gente un extraño y brevísimo fulgor blanco, brotado de un paso subterráneo cercano, y que yo no llegué a ver.
Sin embargo, tan delicioso síndrome de Sthendal se fue al traste algún tiempo más adelante al comprobar que mi prosa sólo había surtido efecto durante su entrega. Y si aún quedaba alguna partícula de duda al respecto, se esfumó más adelante al verla en varias ocasiones de la mano de un sujeto hasta entonces desconocido para mí. La revelación me fue tan pasmosa como si la hubiera visto mojando un bocadillo de mortadela en una taza de café; y a partir de entonces volví a mi confortable curiosidad por el mundo del misterio, convencido de


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