océano se enfadaba, y un oleaje tremendo me subía y me bajaba. Mas aquel zarandeo acabó cuando un pajarraco marino muy grande y enfurecido destrozó mi corcho de un picotazo. Poco a poco empecé a llenarme de agua, y a cada golpe de la marejada tardaba más en reflotar. Al final una ola más brava que las otras me sumergió tan abajo que me inundé por completo, y vine a parar aquí, a esta alfombra de arena mojada. Nunca supe lo que decía el mensaje; y nadie podrá saberlo ya, pues con tanta humedad el papel se ha reblandecido y la escritura es ilegible. Pero no me importa demasiado, porque cerca de mí tiene su guarida un pulpo, y algún día me prestará su tinta para que las letras puedan seguir leyéndose."
La carcasa de un cohete de señales se incorporó entonces a la tertulia.
-¡Vaya una historia tristona!-opinó.
-Más que tristona, movida -replicó la botella, un poco molesta por aquellas palabras-. Pero si crees que la tuya es más divertida, cuéntala.
-Con mucho gusto -respondió el cohete-. Verás, yo formaba parte del equipo de salvamento de un lujoso yate blanco. Sus dueños, un hombre rechoncho y una mujer muy elegante, sólo vivían para el canto y la navegación. Cuando zarpaban de paseo siempre nunca lo hacían sin haber invitado a personas con su misma debilidad. Era su modo de amenizar la travesía: cantar y cantar.
"Una mañana muy temprano embarcaron con ellos unas chicas muy guapas que dijeron ser cantantes; y ya en alta mar empezaron un recital delicioso que asombró a los propietarios y al resto de los pasajeros. Aquellas invitadas cantaban tan dulcemente que los demás callaron y se limitaron a escuchar. Incluso el patrón quedó encandilado por sus melodiosas voces. Las horas se sucedían, pero las intérpretes, que eran cuatro, no se cansaban. Y como su público no se aburría, la actuación se prolongaba más y más.
"Al anochecer ocurrió algo inesperado. De repente y sin dejar de cantar, las chicas se quitaron la ropa, y todos vieron con sorpresa que sólo eran mujeres de cintura para arriba. Del ombligo para abajo eran peces, tan escamosos como cualquier pescado, que acababan en una gran cola, pues sus piernas eran postizas. Sí, como os lo cuento: sirenas. Aquella visión duró


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