estómago. Acidez, supongo -miente.
-Eso suelen ser los nervios -indica la señora que ha elogiado el cromatismo del rastro aéreo-. A mí también me pasa de cuando en cuando.
-Sí, el estrés provoca molestias de ese estilo -advierte su compañera-. Y algunas veces, otras mucho más graves. Incluso es posible que esta especie de epidemia sea un contagio psicológico.
-No lo crea, señora -discrepa un semblante masculino severamente atacado por el mal-. Quizás algunas personas muy impresionables somaticen en su piel este... lo que sea, pero sin duda suponen un porcentaje mínimo. En cambio, como salta a la vista, la mayoría de la población está afectada. Sólo la chiquillería se ha librado, aunque también hay adultos que parecen inmunes. -Al decir esto se fija en Eduardo, quien se siente incómodamente aludido-. Nadie conoce el motivo de esa inmunidad.
La señora que ha propuesto la teoría de la autosugestión habla de nuevo:
-Bueno, tal vez lo que he dicho haya sido algo exagerado -admite-. En cualquier caso, aquello de "mala hierba nunca muere" sirve para esta situación. El único vecino de mi portal que no tiene la menor mancha en la cara es un viejo cascarrabias con muy mala gaita.
-Hija, tampoco hay que generalizar -matiza su amiga mirando a Eduardo-. Aquí, sin ir más lejos, este chico no es ningún abuelo gruñón.
-Pues claro -tercia el hombre de las radiografías-. Mi hermano y mi cuñada, dos personas muy simpáticas, no están afectados. Y con el párroco pasa lo mismo.
-Eso será un milagro -comenta una voz jocosa.
La salida de un paciente que deja libre la consulta enmascara la réplica mordaz del hombre de las placas, y Eduardo se levanta.
Es su turno.

La doctora le recibe con una disposición que bascula entre la amabilidad y el cansancio. Una mancha de contornos caprichosos tiñe de anomalía ese equilibrio frágil, renovado de


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