enviemos chatarras exploradoras y se han meado en nuestra atmósfera. ¡Bah!
-No sé, pero yo me creo ya cualquier idea al respecto -contesta alguien desde enfrente-. Además está claro que sea lo que sea, cayó del cielo.
-Sí, pero del aire, no desde más arriba -se empecina el hombre de las placas-. Casi todo el mundo concuerda en que aquello de la otra noche fue un ensayo balístico que se salió de madre. La cuestión por determinar es quiénes lanzaron el dichoso cohete, y sobre todo qué metieron dentro de él.
Las dos señoras más próximas a Eduardo abandonan su disquisición privada y se suman a la colectiva.
-Parece mentira que aquello fuera peligroso -dice una-. ¡Con lo bonito que se quedó el cielo! Al principio sólo se veía una estela blanca muy ancha, como la de un avión pero mucho mayor, y luego se puso toda de colores, igual que un arco iris gigante hecho de nubes coloreadas.
-Muy hermoso, sí -apoya la joven madre-. A la cría le encantó, sobre todo cuando el cacharro pegó aquellos fogonazos y explotó como unos fuegos artificiales. Pero maldita la gracia que nos ha traído.
El silencio domina momentáneamente a los usuarios del servicio de salud. Es una pausa extraña e inesperada, como el objeto de la discusión previa. Las miradas se tornan de golpe huidizas; es difícil aceptar que la irregular decoloración facial implantada en cara ajena afea también la propia. Hasta la niña, libre de la ominosa marca, observa a su madre con una intrigada compasión. Sus ojillos vivarachos examinan también a Eduardo, único adulto de epidermis intacta.
Un señor de aspecto decaído imita la actitud infantil con más descaro aún.
-Tienes suerte de no estar afectado -le medio felicita el mirón-. Eres uno de los pocos casos que he visto por ahora. ¿No sientes picores ni nada?
-Pues no -contesta él, algo importunado, sin querer admitir que es precisamente ese síntoma la razón de su visita al centro sanitario-. He venido por unos burbujeos en el centro del


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