-Pues yo no aguanto los canturreos -replica el joven agriamente-, de modo que haga el favor de explicarme...
-Hum... ¿De veras quieres irte? -le interrumpe el bombero.
El joven asiente.
-En ese caso no puedo ayudarte.
-¡Pero tiene que haber una manera de abandonar este sitio! -protesta el joven.
El bombero se quita el casco y lo mira, rascándose la cabeza.
-La hay -asegura, cubriéndose de nuevo la testa.
-¿Cuál? -le apremia el joven.
-La Canción de la Espuma.
Y dicho esto el bombero se va silbando hacia el extremo final del corredor, desapareciendo tras el cortinaje azul.
"Valiente cretino", piensa el joven malhumorado.
En las entrañas de la oscuridad se escuchan más pisadas, que culminan con la aparición de una señora de edad madura. Tiene un gran delantal casi oculto por espuma de lavavajillas, sustancia que también impregna el resto de su indumentaria doméstica. Al verla, el joven pone de inmediato la mano entre las piernas como refuerzo del precario manto de espuma que lo cubre. La señora se detiene y desvía la mirada.
-¡Huy, perdona hijo! No me había fijado...
-Oiga, señora -habla el joven, aún ruborizado-, ¿cómo puedo salir de este pasillo o lo que sea?
-¿Salir? -pregunta ella a su vez-. ¿A dónde?
-Al exterior, supongo. -Y añade-: ¿Sabe lo que hay detrás de aquel cortinaje azul?
-Eso mismo, el exterior.
-¿Está segura?
-Pues claro -se reafirma la señora-. El exterior. Y también el interior.
-¿El exterior y el interior? -repite atónito el joven.


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