enclavadas en el techo iluminan el corredor, flanqueado a intervalos regulares por unas esculturas de corte clásico, la mayoría bustos.
No muy lejos el pasillo tuerce en ángulo recto. Desconcertado, el joven se dirige hacia esa esquina, a la que se asoma cautelosamente. Comprueba así que el pasillo se prolonga con idéntico aspecto hasta un distantes cortinaje azul, al que se accede mediante una pequeña escalinata.
De súbito, unos pasos se dejan oír pesadamente desde la otra esquina; y antes de que él haga nada, del oscuro y ahora para él invisible túnel emerge un bombero. Lleva el uniforme cubierto de espuma química contraincendios, y su cara refleja un enorme alivio.
-¿Qué ocurre? -pregunta el joven atemorizado-. ¿Hay fuego por aquí cerca?
-No -contesta el bombero sosegadamente-. Lo hay, pero lejos. Muy lejos. Aquí -sonríe- sólo hay paz. Y la Canción de la Espuma.
-¿Podría indicarme dónde está la puerta por la que ha entrado? -le interroga el joven, deseoso de evadirse de tan inaudita situación.
-¿Puerta? Yo no he entrado por ninguna puerta. Estaba ayudando a sofocar un incendio en un almacén de plásticos -explica el bombero-. ¡Dios mío, qué infierno! El diablo debe de almorzar plástico fundido.
-Sí, bueno; pero ¿por dónde ha entrado? -insiste el joven.
-¿Entrar? -El bombero duda un segundo-. ¡Ah, sí! -prosigue-. Verás, el humo del incendio había empezado a marearme; y cuando ya creí que la asfixia era inevitable ¡zas!, la espuma que arrojaba mi manguera se abalanzó sobre mí, salvándome, así que ahora voy a buscar la Canción de la Espuma.
El joven reitera su petición:
-¿Cómo puedo salir de este lugar?
El bombero arquea las cejas, sorprendido.
-¿Salir? ¿Para qué vas a salir? ¡Si muy cerca de aquí se escucha ya la Canción de la
Espuma!


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