-¿Has oído lo que ha dicho una bruja por la radio? -le comenta el jefe.
-Ah, sí -dice ella, sonriente-. Se les habrá acabado ya el repertorio de horóscopos; creo que hasta los repetían cada varios días.
-Algún infeliz se lo creerá -añade el propietario, que penetra en la reducida cocina del fondo.
Charo pone en funcionamiento el equipo de alta fidelidad. Todavía no ha aparecido la más o menos habitual clientela, de modo que se prepara a arreglarse las uñas. Pero alguien se dispone a estrenar las consumiciones de la tarde:
-Una caña y un pincho de croqueta.
Charo deja el esmalte de uñas y sirve al primer cliente vespertino, un chico de edad similar a la suya. El recién llegado despacha la bebida pausadamente, en tanto ella sube un poco más el volumen de la música y los decibelios galopan por todo el local. Mientras, en la cocina, el jefe se encarga de que el crepitar del aceite dore la palidez cadavérica de unos calamares. Un humo viscoso escapa del pequeño infierno, y es como si con él se evaporase la última nostalgia submarina de los troceados moluscos.
La clientela empieza a presentarse, y su charla se funde con el perenne trajín del vidrio y con el ritmo pegadizo que libera el cassete formando un sonido continuo y envolvente. Es la pulsación del bar.
Pese al ajetreo, Charo siente la mella de un obstinado poso de sueño, y para disiparlo recurre al chispazo insomne de una discreta dosis etílica. Aún no ha sobrevenido el agobio derivado de una afluencia masiva y el dueño atiende ya también tras la barra, de manera que puede tomarse unos sorbos con relativa tranquilidad.
De pronto una nutrida cuadrilla de sujetos irrumpe en el establecimiento y ocupa el espacio que todavía quedaba libre. Se trata de unos individuos de avanzada madurez, cuyas barrigas constituyen adiposas alabanzas a la vida apoltronada.
Disgustada, Charo afronta el aluvión de pedidos. Los gestos y palabras que percibe rezuman tosquedad; hablan todos a la vez, perfilando con sus ásperas inflexiones un balance


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